viernes, 5 de mayo de 2017

Simetría sesgada



Cuando te puedes largar a voluntad resulta difícil no apretar el botón. Puede convertirse en una adicción terrible: en el otro lado hay olas invisibles que te traspasan, la espuma se acumula en el vientre y al final todo te sale en forma de luz por los ojos. Y esa luz es modelable, arcilla de los sentidos, no sabes la de mundos que surgen de esta alquimia poderosa que puedes proyectar con esos ojos ausentes que parecen no ver, por atravesarlo todo. Hay una pantalla al final de todas las distancias que todo lo envuelve y que recibe y devuelve la misma luz de los espejos. Ahí vivo yo, con sólo pulsar una tecla.

Sin embargo, al final de todas las distancias el reflejo se confunde y copia mi voluntad, y lo hace al capricho cambiante e imprevisible con que se muestran las intuiciones, y entonces he de devolver las labores lumínicas que exige mi eco de luz, hecho proyector, en el instante preciso de su demanda. Me hago pantalla de sus sueños simétricos. Pero esto es cierto sólo en parte. Yo le hablo de él, y él me habla de mí: hay una unión indisoluble de complementariedad, como las dos piezas de una bisagra que hace que se abran todas las puertas. Todo lo que sé, lo es de él; todo lo que él ve, es mío.

Así es difícil atender a lo cercano. Se hace preciso que lo inmediato sea capaz de superar eso para despertar un mínimo interés, de esa especie que puede desviar tu mirada un centímetro en el que se condensan millones de años luz. Cuando no sucede, aprieto el botón y no estoy. Cuando todo es insípido, el otro lado me invade para mostrarme lo que realmente hay, a modo de salvación analgésica, y vuelvo a no estar. Me cuesta atender a esta inmediatez como si fuera un ejercicio de apnea. Mi inmersión en lo aparente y sin contenido es siempre limitada en el tiempo. El oxígeno que yo respiro no está ahí. Cuando te puedes largar a voluntad, ¿cómo no apretar el botón? Aire, es necesario el aire.

Te escapas como los pájaros al paso de esos animales tristes y terrestres, y apenas oyes sus rugidos cuya traducción ni te acuerdas de considerar:

Es el sonido de las plumas en el aire lo que te seda y envía al lejano origen de todas las luces y sus sombras. O cualquier otra cosa, que se hace oro con sólo cruzar este filtro que nadie conoce y por el que, sin saberlo, preguntan como si llamaran a alguien...

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